Parte 14 / El rapto en Villa Cenagal

-Es fácil chaval, tu te pones el vestido y la peluca, coges los bordes de la falda con las manos para no tropezarte y pasas por delante de la puerta gritando: ¡Libre!¡Soy libre!. ¿Lo pillas? Fácil, ¿eh?

Bakito no lo veía muy claro. Aquello olía a gato encerrado. Y se trataba de un gato muy gordo con problemas intestinales serios que no tenía mucho apego a la limpieza ni a sacar la basura, y que además lo habían encerrado con sus amigas las mofetas del club de bridge. Aunque claro, en esos momentos se encontraban en las alcantarillas y bien podría deberse a ello el olor. Estaban de pie escondidos tras una montaña de desperdicios en un ancho pasillo con un canal cuyas aguas lo miraban a uno con ojos hambrientos. Más adelante, en la pared del pasillo, había una gran puerta de metal con antorchas a los lados. Bakito sujetaba un vestido que en algún momento debía de haber sido rosa y una peluca rubia.

-¿Y luego? – preguntó, mirando no muy convencido el vestido.

-¡Huyes como alma que lleva el diablo, tio! Mañana te pasas por la Calle de las Ladillas de Gala y coges tu recompensa.

No parecía muy difícil, pero las cosas no muy difíciles le hacían sospechar a Bakito. Podía ser que al levantarlas encontraras cosas jodidamente jodidas debajo.

-Tú no pares de correr y que no te cojan. Pero que no te pierdan tampoco. Si ves que se quedan atrás, afloja un poco. No nos interesa que vuelvan por aquí demasiado pronto. Son matones a sueldo y caerán de lleno en la trampa, con esa capacidad mental de un arenque dejado demasiado tiempo al sol. ¿Todo claro entonces?

Bakito lo pensó. Él no se había dado cuenta, pero supuso que era verdad que corría como un rayo que hubiera lamido un sapo. Y por un penique de plata… Se puso la peluca con gesto decidido. Se le torció un poco porque le iba bastante grande. Aquello estropeó el efecto causado por su resuelta determinación.

Pasada media hora llegaron tres tipos por el otro lado del pasillo. Uno era enorme y parecía un muro de ladrillos al que alguien le hubiera puesto un sombrero diminuto en equilibrio en la parte de arriba y un par de zapatos en la base. El sombrero parecía estar pasándolo mal. Los otros dos se movían como si fueran dos chicles pegados al muro. Llegaron hasta la puerta y uno de los chicles llamó haciendo un ruido raro. La puerta se abrió y empezaron a entrar. Primero se oyó un sonido de succión y luego otro sonido parecido al de una catapulta disparando una cacatúa cabreada y Bakito se disparó a si mismo hacia delante. Un sombrero muy pequeño salió volando debido al vendaval y fue a parar a las aguas, donde empezó a hundirse lentamente.

 

 

El capitán de la guardia se estaba mordiendo las uñas. Llevaba ya tres días sin dormir y había tenido que soportar los berrinches de Su Majestad la reina y la furia de Su Majestad el rey. El panadero no colaboraba. El pobre Pimskin se había derrumbado y lo habían llevado al hospital. Y aun no sabían nada del paradero de la descendencia real. Aquella mañana se encontraban en el almacén del panadero, buscando pistas. El pobre propietario, sucio y encadenado, estaba de pie resignado entre dos soldados. Los cuatro hombres llevaban una barba de varios días. Cuando había una crisis de estado, la higiene personal tenía que dejarse a un lado.

-¿Dónde la tenéis escondida?- El capitán estaba algo afónico tras tantos días de actividad sonora de alta intensidad y se agarraba la garganta al hablar. Medio palacio daba gracias por ello. Además, le había salido un perturbante tic en el ojo izquierdo.

Un soldado entró en la habitación desde la sala de hornos.

-Señor mi capitán, tiene que ver esto.

Con una carrera nada decorosa, el capitán apartó al hombre y entró en la sala. Los tres soldados le siguieron llevando al panadero en volandas, no si cierto esfuerzo. Encima de una mesa se encontraba la princesa. O una versión a tamaño natural de la misma, echa de pan. A sus pies había la sábana con la que había estado cubierta la figura. El capitán la señaló con el dedo, empezó a sudar copiosamente y a dar saltitos, sin dejar de morderse las uñas.

-La habéis…la habéis… ¡Brujo! ¡Sois un practicante de las artes oscuras! ¡Ha… ha.. ha.. habéis transformado a la princesa en pan!

-Capitán, dejad que os lo explique. Se trata del regalo que el Gremio de Panaderos estaba preparando para el próximo cumpleaños de la princesa y que…

-¡Silencio! ¡Tapadle la boca para que no nos embruje con sus malas artes! ¡Seréis juzgado ante el mismísimo obispo de…!¡Aaaargh!¡Tú!¡¿Que demonios haces?!

-Está rico, mi capitán – Uno de los soldados, que estaba algo rollizo y se llamaba Jimminy, había arrancado un trozo de la pierna y se lamía los dedos- Lleva azúcar.

-¡Arrestad a este hombre por canibalismo contra la realeza! -Los ojos del capitán se pusieron en blanco y el tic se le disparó. Empezó a echar espuma por la boca y, lentamente, empezó a caer hacia atrás.

 

CONTINUARÁ…

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